Gustavo Duch, 1 de octubre 2019

Habían pasado muchos años de aquel decreto que prohibió la escritura. Aunque aparentemente nada había cambiado y por las calles se podían leer anuncios, los kioskos ofrecían la prensa diaria y en las librerías se vendían libros con normalidad, quienes redactaban todas esas palabras impresas eran un exclusivo cuerpo de funcionarios cuidadosamente formados para ello. Para evitar tentaciones, como medida complementaria, se habían retirado del mercado todo tipo de instrumentos y soportes para la escritura.

Por eso unos meses antes de aquella noche consensuada, las redes del estraperlo y muchas conspiraciones clandestinas se habían ido organizando cuidadosamente para que en todas las casas hubiera al menos un lápiz y un trozo de papel.

Veinticuatro horas después, al finalizar aquella jornada de desobediencia colectiva en la que la gente se convocó en las escuelas de sus pueblos y barrios para compartir su texto en el papel, depositándolo en urnas transparentes, la sorpresa fue mayúscula al comprobar que todos los escritos recogían una única e idéntica palabra

llibertat.

Un texto en el papel

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