Gustavo Duch.
Con casi diecisiete años, Néstor mantenía intacta aquella admiración por el padre que le ayudaba a trepar a los árboles, que tenía todas las respuestas, que resolvía acertijos para él imposibles y que ―como en la tele, pero de verdad- era el terror de todos los maleantes. Cuántas veces había presumido de todo eso delante de sus amigos.
Todo se precipitó. La conciencia política le llegó de la mano de una chica, y en su primera manifestación vivida y dolida, la inocencia murió a porrazos. Con cientos de compañeras y compañeros clamaba en las calles de Valencia, libro en alto, contra los recortes en educación propios del más inculto de los neoliberalismos, cuando la policía –parapetada y cobarde- les cercó. El golpe en el antebrazo se lo atizó su padre que, ciego de violencia, ni tan siquiera le reconoció.
Frente a su madre, repitió aquellas palabras podridas: ―como en la tele, mamá, pero de verdad.
