Gustavo Duch, 12 de agosto de 2012
Desde la ventana del verano oteo un mercadona bastante concurrido, mucho más los últimos días. Llegan viejitas con su caminar renco y su pensión amputada; licenciados en carreras que, preparados y listos, no escuchan ¡ya!; niñas y niños que no compran ni suspiran golosinas; y la maestra del pueblo que ya sabe que el próximo curso no les pondrá tareas para casa. Y salen con los ojos ‘menos cenicientos’.
He averiguado. La cajera, con disimulo, esconde en sus bolsas un kilo de patatas o un paquete de arroz o lentejas. Me dice que si es ilegal le da igual, porque es justo.
Es hija de madre y padre jornaleros.
Es un alma color de olivo.
